El 17 de mayo de 1990 la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad mental, catalogación que ya en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) había retirado de su manual de diagnóstico, dando así por finalizado el fundamento pseudocientífico que utilizaban los sectores conservadores y religiosos para justificar actos de homofobia, transfobia o bifobia. Por ello, el 17 de mayo de cada año se celebra el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia.
Aunque son muchos los países que han integrado medias inclusionistas en sus legislaciones, se nos hace evidente que el problema de la homofobia, transfobia, bifobia, etc. no acaba con el mero papel asistencialista del Estado. Ni siquiera, por así decirlo, con el regalo de ciertos derechos fácilmente asumibles por el Estado patriarcal.
Somos conscientes de que, a pesar de estas medidas bienintencionadas, el Estado, para la mejor gobernabilidad social, necesita jerarquizar las vivencias y las prácticas de las personas, de tal manera que las personas homosexuales, bisexuales, con identidades de género y prácticas sexuales distintas a la heteronorma seremos siempre, como en cualquier contexto patriarcal, las otras, las raras.
Unas otras que, por otra parte, no queremos dejar de ser en este contexto patriarcal, pues nuestra otredad es nuestra identidad y distinción antipatriarcal. Unas raras que nos configuramos como combativas disidentes de un sistema de dominación sexual y de género que, de otra forma, nos reservaría exclusivamente la esclavitud del agrado.
Nuestras realidades, nuestros gustos, nuestros cuerpos son la clara evidencia de la inutilidad de la tarea de jerarquización y segmentación llevada a cabo por el Estado desde hace siglos. Nuestras rarezas, manifestadas a través de nuestras corporeidades incómodas, de nuestras prácticas vivenciales que infunden miedo e incluso odio, son la manifestación real de nuestra posición política de confrontación, de respuesta y repulsa frente a un orden patriarcal y heteronormativo que nos reserva, sólo, la inhumanidad maquinal de la norma.
Por todo ello, y por nosotras mismas, el 17 de mayo saldremos a las calles a recordar las múltiples agresiones que personas como nosotras están sufriendo debido a la propaganda criminal que el Estado lleva siglos haciendo de la “normalidad” psicológica y social; saldremos a la calle a reivindicarnos como sujetos políticos activos con planes de vida propios, y saldremos esperando, como siempre ocurre, despertar la conciencia de alguna que, tras la prisión absurda que es el género, se reconozca en nosotras y grite, como nosotras gritamos un día: ¡Basta ya de canon patriarcal! ¡Basta ya de represión sexual!
